El fascinante sistema de presas y canales holandés, ilustrado en este mapa de Delf de 1712

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Pocos espectáculos visuales se comparan a un vuelo rasante por encima de la costa de Países Bajos

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Lo que nuestro ojo observa no es el mero resultado de la naturaleza en acción, sino siglos de intensa intervención humana. Alargadas playas, costas sinuosas y profundos estuarios que sirven como barreras, diques de contención y árbitros del agua en un territorio tan gravemente expuesto a la misma. Es un homenaje gigantesco y permanente a la habilidad técnica humana.

El agua siempre ha vertebrado la vida en los Países Bajos. Su posición como flanco externo de la infinita llanura europea y como rincón del continente donde las aguas del Rin van a morir hicieron de sus tierras un espacio siempre inundado. Lagos, estuarios, marismas y zonas pantanosas cubrieron durante siglos grandes lotes de terreno hoy reclamados al mar. La cultura neerlandesa floreció en permanente batalla con los elementos, construyendo tierra firme allí donde no la había.

No es de extrañar, por tanto, que las primeras formas de gobierno local armonizadas en la región estuvieran relacionadas con la gestión del agua. Cuando la demografía y las necesidades económicas de los pobladores neerlandeses comenzaron a crecer con el cambio de milenio, las pequeñas ciudades debieron ganar terreno en un lugar donde sólo había agua. Se construyeron diques naturales mediante dunas, se cavaron canales y se edificaron sistemas de presas.

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