Holanda, a ras de agua

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Autopistas que surcan los mares, mares que se convierten en lagos (y viceversa) y lagos desecados sobre los que se levantan ciudades. Un recorrido para empaparse del paisaje costero de los Países Bajos
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A la pequeña isla de Neeltje-Jans, como a otras muchas en Holanda, se puede llegar sin bajar del coche. Dos brazos de la autopista N-57, diez kilómetros de asfalto que cortan como un escalpelo las aguas del estuario de los ríos Rin, Mosa y Escalda, conectan la costa zelandesa con los costados de este paño de tierra, de apenas tres kilómetros cuadrados, en el que se apiñan una reserva natural y un concurrido complejo de ocio, mezcla de parque recreativo y centro de educación ambiental.

 A las puertas del recinto una placa recibe al visitante con el siguiente aviso: «Aquí la marea la gobiernan el viento, la Luna y nosotros, los holandeses». El rótulo, que resume la determinación del país por ganarle la batalla al agua, encuentra su explicación unos metros bajo nuestros pies: Neeltje-Jans es una isla artificial creada como base de operaciones para la construcción del mayor y más icónico de los diques que forman el Plan Delta, un conjunto de barreras que desde 1986 regula las mareas del estuario en el que los ríos Rin, Mosa y Escalda vierten al Mar del Norte tanta agua como la que llevan juntos todos los ríos españoles. Ese dique, llamado Oostercheldekering, es también una de las más ambiciosas obras de ingeniería del mundo. Los 65 enormes cubos de hormigón que forman tres de sus casi diez kilómetros se hunden en el lecho del delta, formando 62 compuertas que retienen las aguas del mar abierto cuando la marea está alta; cuando está baja, sus portones de acero se abren para permitir que el agua del mar y los barcos se adentren en el estuario, preservando el equilibrio salino de sus aguas –y con él su equilibrio medioambiental– y abriendo el tráfico de mercancías a puertos como el de Rotterdam, el más activo de Europa, situados aguas arriba del río Rin. Los números y la historia del Oostercheldekering, a los que el Centro de Interpretación del Delta del centro turístico de la isla de Neetjle-Jans dedica un amplio capítulo, causan asombro: levantar cada uno de sus 65 torreones –18.000 toneladas de hormigón de casi 40 metros de altura y otros tantos de anchura– llevó un tiempo de casi año y medio. La construcción del dique completo tuvo un coste de unos 2.500 millones de euros. Accionar y mantener los motores que cierran las compuertas cuando sube la marea consume un presupuesto anual de un millón y medio de euros.

Otra perspectiva distinta del Plan Delta es la que ofrece el Watersnood Museum (Museo de la Inundación), en Ouwerkerk, una de las localidades más afectadas por la crecida de febrero de 1953, cuyas dramáticas consecuencias empujaron al gobierno holandés a poner los medios necesarios para proteger esta zona costera de nuevas inundaciones. El saldo de la catástrofe, como se cuenta en el museo con detalle, dibuja un panorama dantesco: 1.795 fallecidos, 72.000 evacuados e incontables daños materiales en más de 40.000 viviendas y unas 3.000 granjas, en las que 45.000 cabezas de ganado, y al menos el triple de aves, perecieron bajo las aguas. El desastre provocó una oleada de ayuda internacional –España, según puede leerse en un panel del museo, aportó mantas y fruta–, a la que siguió un ingente plan de inversiones para la reconstrucción, que se prolongó durante décadas. Hoy, Ouwerkerk y su bahía son un lugar perfecto para descubrir las cicatrices que la tragedia dejó en el territorio, algunas tan visibles como los cajones de hormigón que sellaron el dique de emergencia tras la inundación, y que en la actualidad albergan en su interior, precisamente, el museo dedicado a su memoria.

De lago a mar, de mar a lago, y de lago a tierra

La geografía de los Países Bajos ya cambiaba con relativa rapidez antes de que sus habitantes empezasen a librar su permanente guerra contra el agua. Al término de la última glaciación –casi ayer, en términos geológicos–, las aguas del Mar del Norte subían a razón de dos metros al año, desplazando la línea de costa durante ese periodo un metro hacia el interior. En el siglo I de nuestra era, el mar llegaba ya a las puertas de un enorme lago de agua dulce que se extendía sobre 5.000 kilómetros cuadrados próximos a la esquina nororiental de la costa holandesa. Ese lago, al que los romanos llamaron Flevo y luego Almere, se convirtió en los siglos XII y XIII en una extensión del mar de Frisia –el nombre que recibe el brazo del Mar del Norte entre las islas del mismo nombre y la Holanda continental– cuando una serie de inundaciones arrasaron la estrecha franja de tierra que lo separaba del agua salada, dejando casi 100.000 víctimas mortales en las localidades ribereñas. Los supervivientes, paradojas del destino, encontraron en este nuevo mar interior, bautizado entonces como Zuiderzee (Mar del Sur), un nuevo modo de vida. En sus orillas florecieron una boyante industria pesquera y nuevos puertos, como el de Ámsterdam, que pronto se abrieron a los intercambios comerciales procedentes del Mar del Norte.

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