Encuesta: ¿Sabe quién es Torres-Quevedo?

0

¿Cuántos sabrían que el inventor era español y que el segundo que construyó, conocido como  Spanish AeroCar o transbordador del Niágara, sigue en uso?

El primero que puso en marcha el español Leonardo -buen nombre–Torres-Quevedoestuvo en San Sebastián, en el Monte Ulía, inaugurado en 1907. El de las cataratas, a diferencia del vasco, sigue funcionando y el verano pasado elGobierno de Canadá celebró su centenario, con menú español incluido queincorporaba unas imposibles croquetas de paella.  Es más, ¿cuántos conocerían a este inventor múltiple, ingeniero y matemático?  Y eso que 2016 fue considerado Año Torres Quevedo. Nosotros hemos hecho encuesta casera entre ingenieros amigos: los más mayores sí sabían que era un “inventor” y les sonaba que tenía “muchas patentes”, pero poco más. Pregunten ustedes este fin de semana en una sobremesa. Por eso está muy bien que se le rinda homenaje en el libro 1785 motivos por los que hasta un noruego querría ser español, un proyecto que nace con la intención de subirnos un poco la moral, de reconocer lo mejor de nuestro pasado y presente para impulsarnos al futuro. Antes, lo hizo Google en 2012, con uno de sus Doodle. Y no será por falta de información ya que sus entusiastas mantienen una interesante página web.

Echar la mirada un poco para atrás nos permite conocer que ya en 1914 unos empresarios bilbaínos no dudan en formar  la Niagara Spanish Aerocar Company Limited para acometer la gesta de exportar el aerotransbordador hasta las cataratas de la frontera entre Canadá y EEUU. Un siglo más tarde, nos creemos haber descubierto la globalización pero las historias de finales del XIX y principios del XX dejan claro que, por entonces, el mundo era muy abierto.  De hecho, según las crónicas de la inauguración, el aerocar llevaba las banderas de Francia, Reino Unido, EEUU y España. Una maqueta del funicular se encuentra en el Museo que la Escuela de Ingenieros de Caminos de la Politécnica de Madrid tiene dedicado a Torres-Quevedo. La historia de la colección, según el museo, viene desde la fundación del Laboratorio de Automática que, en 1911, le dio acomodo, gracias a una propuesta de los socios del Ateneo de Madrid, donde se dedicó a la fabricación de instrumentos científicos. Hasta ese momento, el ingeniero tenía un laboratorio privado en el frontón madrileño de Bati Jai, noticia en tiempos recientes por su protección y expropiación por parte del Ayuntamiento de Madrid.

A Torres-Quevedo, que heredó de su padre ingeniero la afición a las matemáticas, no parecían importarle ciertos fracasos. Presentó el primer modelo de aerotransportador en Suiza sin éxito a finales del XIX. El ingeniero sabía moverse por Europa ya que, antes de instalarse en Madrid y después de graduarse como Ingeniero de Caminos, estuvo viajando por Europa para ser testigo directo de las investigaciones más avanzadas, sobre todo en la incipiente electricidad. Le sirvió saber francés de sus años de Bachillerato en París.

Una pena que, ahora, al googlear su nombre junto al de Santiago Ramón y Cajal, lo que nos aparezca son las penalidades de los becarios científicos españoles que han tenido una de las becas con nombre de estos científicos españoles, los más representativos de aquella Edad de Plata de la Ciencia y de las Artes en España. Es cierto que también nos aparece junto al Nobel español como miembro de aquella Junta para la Ampliación de Estudios, una iniciativa de los regeneracionistas que querían dar medios a los mejores estudiantes para que viajaran al extranjero -uno de los fundadores de Smartick es nieto de un médico que gracias a esta iniciativa se formó sobre la tuberculosis en Davos–.

Los primeros años 20 del siglo XX dan una idea de la amplitud de las inquietudes de este científico. En 1902, está con  los globos dirigibles y, un año después, con el telekino, primer prototipo de mando a distancia, presentado en Santander a la vez que se celebraban unas regatas y el Rey Alfonso XIII llegaba a la ciudad con su yate El Giralda. En 1912 creó el primer autómata ajedrecista. Y, en 1916, como ya hemos, dicho, inauguró el aerotransbordador del Niagara, seguro que sin croquetas de paella, eso sí. Alfonso XIII le impuso la medalla Echegaray, otro personaje del que nos ocuparemos en Mejor Educados. Durante sus últimos años, realizó aportaciones para ayudar en la enseñanza, como el puntero que inventó o diversas mejoras de la máquina de escribir.

“Como creador de una nueva lengua simbólica para la descripción de las máquinas, la propuesta de algunas reglas para su gramática y algunos símbolos de su diccionario, como usuario ejemplar de la lengua ordinaria (española y francesa) en ciencia y técnica y como ideador de un diccionario tecnológico español propuesto a la Unión Internacional Hispano Americana de Bibliografía y Tecnología Científicas, se hizo acreedor como pocos a ocupar un sillón en la Real Academia Española de la lengua cuyo acto de recepción tuvo lugar el 31 de octubre de 1920, ocupando el sillón de la letra N”, se explica en esta biografía.

Su primer dirigible lo llamó España y lo realizó con la ayuda de Alfredo Kindelán. Quiso construir otro con Emilio Herrera -que también aparece en 1875 motivos por los que hasta un noruego querría ser español por su traje de astronauta–  para ser los primeros en atravesar el Atlántico, pero no encontraron el dinero.

Si queremos más ingenieros en España y creemos que una manera puede ser explicar la dimensión social de esta profesión, empeño loable de la Real Academia de Ingeniería, no estaría mal empezar por intentar que todos los niños sepan de este inventor y científico español que murió en diciembre de 1936 en Madrid con 84 años. También fue un entusiasta del esperanto y de su vocación de lengua universal. El esperanto no triunfó pero las matemáticas tienen cada vez más esa consideración de lengua universal que explica el mundo y él fue presidente de la Sociedad de Matemáticas, además de que algunos de sus inventos tenían que ver con calculadoras. A lo mejor en Smartick tenemos que plantearnos darle el nombre de una de las casas de nuestros sabios o un diploma. La última ha sido Ada Lovelace.

Leer artículo completo en EL MUNDO.