¿Y si Picasso o Mondrian hubieran nacido arquitectos?

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De niño, Federico Babina se divertía colocando la cabeza entre las piernas para observar el mundo del revés. Era uno de sus juegos favoritos. «La vida creativa es un poco como ese juego: mirar las cosas, incluso las más simples, con una perspectiva diferente para descubrir matices inesperados», dice aYorokobu.

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Babina suele capturar ese matiz sorpresivo a través de la fusión de la ilustración y la arquitectura. Esta vez, en su serie Archist, ha fantaseado con edificios. ¿Qué construcciones hubieran resultado de una incursión en la arquitectura de artistas como Picasso, Mondrian, Malévich o Miró?

Pese a poseer una trayectoria que deja diseños originales, Babina niega que viva preocupado por crear algo llamativo a toda costa. «Buscar la originalidad sería como empezar una casa por el tejado; además, creo que es un concepto muy subjetivo, casi una ilusión», reflexiona.

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Después de haber enlazado la arquitectura con la literatura, la música o las barajas de cartas, Babina ha dado otro paso natural. La pintura integra y potencia las grandes obras arquitectónicas de la historia, pero existe un límite en ese maridaje. La arquitectura es la horma irrompible y la pintura sólo la complementa o la embellece. Babina quiebra esa barrera. Las construcciones que dibuja ponen la arquitectura al servicio de los ideales estéticos y los lenguajes de genios de la talla de Peter Halley o Richard Serra.

«Estas imágenes representan un mundo imaginario e imaginado, un universo de fantasía que utiliza el pincel para pintar la arquitectura. Son dos disciplinas que hablan y ligeramente se tocan entre sí. La función de la arquitectura está cambiando constantemente con el desarrollo del arte contemporáneo». Y traza la conexión: «Una escultura es como una microedificación: la fachada puede ser como un lienzo pintado y un edificio, una forma moldeada en manos de un escultor experto».

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Eligió los artistas por cercanía vital. Todos pertenecen al arte contemporáneo, aunque no descarta crear en un futuro una serie brotada de las imágenes de Leonardo o Caravaggio. La mirada de Federico Babina tiende a integrar disciplinas y también discurre por una suerte de alucinaciones filosóficas, vitales: «Es como si la cultura de nuestro tiempo fuera una ciudad que cada uno de nosotros visita. La ciudad es la misma para todo el mundo, aunque los caminos y las rutas que decidimos tomar son heterogéneos».

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De hecho, a Babina le gusta transitar por el arte, adherirlo a la cotidianidad. «La arquitectura puede verse como la escenografía de una película donde la historia es la vida, el guion es dictado por el uso del edificio y los actores son los habitantes». Tiene una imaginación cinematográfica: «Tenemos el poder de elegir los escenarios y las escenografías que nos albergan, los actores de reparto que nos acompañan y los objetos que decoran nuestros ambientes».

Las ilustraciones son tan acróbaticas como dicta el estilo de cada pintor. La casa de Ernesto Neto se alza como un queso gruyere imposible, mientras que otras, como la de Donald Judd, se asientan con una geometría monolítica y aparentemente imperturbable.

 

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