Ruinas y ausencias: ¿cuáles son los límites de la restauración artística?

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Escribió Diderot que “es necesario arruinar un monumento para que llegue a ser interesante”. Las últimas intervenciones polémicas en nuestro patrimonio arquitectónico abren el debate.

Castillo de Matrera (Cádiz)

William Hogarth, aquel pintor satírico del siglo XVIII, realizó un grabado, editado por los Boydell en 1761, en el que representaba al Tiempo como un viejo con alas, empuñando una guadaña que atraviesa la pintura situada ante él, sobre un caballete, al mismo tiempo que la ‘envejece’ con el humo de la pipa que está fumando. ‘Time Smoking a Picture’ es su título. Una alegoría de cómo el tiempo mejora al arte, un Tiempo que contemplamos sentado sobre fragmentos de antiguas esculturas, ahora reliquias en su condición de ser la ruina de una unidad ya perdida para la obra original, sin más utilidad que le otorga el anciano alado.

Nada, en la pintura, queda libre de la pátina, ese barniz temporal que contiene la vasija situada junto a la figura que representa el Tiempo manipulando la materia del cuadro, sobre el que se afana en una tarea sin descanso. Es fácil entender el significado de la alegoría: por un lado, la toma de postura ante la polémica sobre los límites de la intervención restauradora, que tendrá su eclosión en el siglo XIX, cuando se considera que esas huellas de la vejez forman parte del núcleo irreductible de su verdad histórica. Por otra, más sutil, la idea de que la ruina pierde su condición original, y queda como un vestigio de la grandeza memorial que tuvo; ahora destinada a soportar, como asiento, el trasero desnudo del anciano Cronos.

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